USTED ES EL ASESINO
Llegó a pensar que ese era su destino. No podía entender cómo le habían condenado a muerte sin pruebas. Solo entró a pagar la gasolina. El no asesinó a esa cajera, ya estaba muerta. Aunque asustado saliese corriendo cuando, desde detrás de la puerta de los servicios, una señora gritó.
-¡Usted es el asesino! ¡Asesino!
No podía esperar a que llegara la policía para negarlo, no tenía papeles, no le creerían. Pensó que la cámara de seguridad habría grabado al asesino. Su mala suerte le perseguía, ese día estaba estropeada.
Delante del juez y el jurado popular prevaleció la declaración de la señora. Ella no había visto al asesino y declaró los hechos que se imaginó.
Manuel Juárez solamente llevaba un año pisando las calles de Houston. Él no podía pagarse un buen abogado, y su familia en Méjico no disponía para enviarle.
La policía no investigó, no buscó pruebas. Ser chicano y sin papeles no le ayudaba.
Diez años después de ingresar en el corredor de la muerte había llegado su día. Resignado a morir, un sacerdote lo confiesa en su celda.
-¿Hijo, estas arrepentido? Siempre has negado ese asesinato. Falta muy poco para encontrarte con Dios. Creo que deberías presentarte sin pecados. Quiero darte la absolución. Él todo lo vio y te juzgará.
-Padre, no maté a esa cajera. Todo fue una injusticia. No puedo confesar algo que no hice. Solo deseo que quien la asesinó no cometa otros.
Unas horas después una inyección letal acabó con la vida de Manuel.
Robert Smith en el salón de su casa mira la televisión, mientras va acumulando latas de cerveza vacías. Lleva una semana fastidiado con un asunto que tenía casi olvidado. No paran de retransmitir las manifestaciones contra la pena de muerte, delante de la cárcel en la que morirá Manuel Juárez, si nadie lo impide. Hoy la noticia se repite en varios canales: no ha habido indulto.
-Esta mañana se ha cumplido la sentencia de muerte del asesino de la cajera Mery Carson, cuenta la locutora de la CNN.
-¡Cerdos, habéis asesinado a un inocente!
Apaga el televisor y sigue bebiendo. Desde hace dos días una idea le da vueltas en la cabeza, escribir una carta que entregará a un notario. Sus instrucciones serán muy claras: el día que él muera que la entregue a varios periódicos y la publiquen.
Arranca una hoja en blanco de un libro, y empieza a escribir:
Yo, Robert Smith cometí el asesinato por el que habéis ajusticiado a Manuel Juárez. Soy un cobarde y no tuve el valor de entregarme. Ese día yo necesitaba dinero para mi dosis de droga, no pensaba matarla. Mi arma era de juguete, solo quería asustarla para que me diera la recaudación. Ella sacó un revólver que tenía escondido. Antes de que me disparara se lo quité y apreté el gatillo. Se precipitó todo, no salió como yo esperaba.
¡Ese pobre hombre! Su delito fue repostar y entrar a pagar. Tuvo la mala suerte, en el servicio estaba esa vieja racista que no vio nada.
Ustedes, juez, policía y jurado popular, son los culpables de la muerte de un inocente, el estado les paga para que hagan bien su trabajo.
Yo fui el asesino de la cajera, pero usted señor juez el asesino de Manuel.
Ahora que mis vicios me están pasando factura y el doctor me ha confirmado que estoy desahuciado, quiero dejar aclarado este asunto.
Dos meses más tarde la carta salía publicada en distintos periódicos. Robert ya había recibido sepultura.