
Había una vez y otra, y muchas más una niña muy pero muy curiosa.
Se llamaba Mini, porqué desde que nació fue siempre muy pequeña.
Le gustaba jugar y divertirse con sus amigos pero también le gustaba mucho jugar sola, con sus trastos, como los llamaba la mamá.
Ella imaginaba historias y hacía que una pequeña caja de cerillas se convirtiera en un estupendo carruaje o que un pañuelo floreado fuese la carpa de un sultán.
Los días de lluvia eran sus preferidos. Subía a la buhardilla y entre cajas, carpetas libros y objetos varios, siempre encontraba espacio para sus aventuras.
Un día de otoño, gris y oscuro sin poder salir con sus amigos, subió a su refugio bajo el gran techo de madera. Mirando entre los múltiples trastos encontró un sombrero, pequeño, con flores secas adheridas a la cinta descolorida que sujetaba la rafia de color indefinido. Le pareció muy gracioso y se lo puso. Le calzaba perfectamente. Comenzó entonces a moverse con gracia. Involuntariamente empezó a bailar al son de una melodía que sólo ella escuchaba.
Se sentía feliz.
Ese era su reino. Su mundo. El lugar en donde ella hubiese querido vivir siempre.
Bajó corriendo para contarle a su madre lo feliz que era. Quería compartir su alegría.
La madre detrás del ordenador, la vio llegar.
Se levantó de golpe. Miró desconcertada a la niña.
Mini estaba bailando por el pasillo y canturreaba algo que le era conocido, mientras avanzaba hacia ella.
Cuando la tuvo cerca la rodeó con sus brazos y juntas bailaron a la vez que le susurraba: –El sombrero que llevas es el sombrero de la abuela.
Desde ese día cada vez que Mini se sentía triste, subía a buscar el sombrero, para luego bailar con su madre y cantar la canción preferida de la abuela.
Luisa/29/3/16