Los jueves quedamos para jugar a la petanca. Me priva la petanca. Ya jugaba mi viejo y me enseñó él. Nos juntamos séis tíos, echamos unas partidas y después unas birras. Lo venimos haciendo desde chavales y se ha mantenido la tradición. Nos vemos en el parque, turnándonos para que siempre llegue uno antes y pille una pista libre. Que últimamente no sé qué leches pasa, pero a todo quisqui le ha dado por tocar las bolas y a veces, cuesta encontrar sitio.
Eramos puntuales y estábamos todos menos el Chema. Sonó el teléfono. Era el Chema. Nos avisaba que se le había jodido la partida. Estaba en urgencias con el niño. Solíamos jugar en tripletas y nos habíamos quedado cojos.Ya ibamos hablando de montar dupletas o ir por libres, cuando un vecino de mi bloque, que me había saludado antes de lejos, se acercó y se ofreció para sustituir al que faltaba.
A decir verdad a mí no me hizo tilín la propuesta, el vecino me cae bastante gordo. Lo tengo calado. Es un auténtico tocapelotas y tiene un morro filipino. Solo que no era plan de cortarle el rollo a los compas, se notaba que a ellos les molaba la idea. Colocamos el círculo de tiro y el Javi, que siempre lleva un juego de sobra en el coche, le dejó las bolas. Como Chema siempre iba de compañero con él pues le adjudicamos naturalmente a ese equipo. Lo hacíamos así para equilibrar fuerzas, porque el Javi es un birguero y al Chema se le da peor.
A la segunda vuelta entendí que no solo la había cagado Burt Lancaster, sino yo también al dejarme convencer. Arrastraba demasiado las bolas y los que juegan así, denotan una triste condición. A la tercera vuelta me mosqueé un poco, porque a pesar de que su propia bola estaba bastante bien situada, y la de Javi llevaba todas las papeletas de llevarse el tanto, apuntó y mandó el boliche a tomar por culo. En el momento pensé que era un primavera y no sabía jugar, pero luego me mosqueé todavía más porque era evidente que el nota tenía tablas en el tema de la petanca. Me acordé que no más tarde de ayer, al elemento, le había avistado tirando la basura a deshora, cuando nos habíamos puesto de acuerdo en el edificio no hacerlo, en verano, antes de las ocho.
El Julián y el Iván que formaban equipo conmigo, tampoco se comían un rosco. Todos los puntos se los llevaban ellos. En la quinta vuelta ya estaban cerca de los trece y nosotros solo habíamos marcado dos. Ya me estaba empezando a calentar. Hacía unos melindres cuando le tocaba lanzar, era para verlo. Los mismos que hacía en las reuniones de la comunidad donde se montaban unos pifostios… Pero luego el muy cabrón hilaba fino, porque siempre se las apañaba para tirar la bola, esconder la mano y llevar los asuntos de la finca al huerto que le daba la gana a él. Ya le había leído la cartilla dos veces para decirle que se diera prisa, que nos iban a dar las uvas. Los colegas flipaban. Yo que siempre iba de tranqui y si alzaba la voz era para jalear o sacar una coña.
En la última vuelta, nosotros marcamos dos tantos y ellos el que les faltaba para ganar la partida. El Ivan, que también andaba mosca, quiso la revancha. No sé por qué no fui más contundente ni busqué cualquier pretexto para sacarnos el marrón. Empezamos la segunda partida y ya se me estaban hinchando las pelotas, una cosa seria. Me dió por recordar que este hijoputa, era el primero en chivarse de los demás y lo debía apuntar todo en un cuadernillo, con la fecha y la hora exacta. A mi mujer la había denunciado hacía quince días por bajar la basura media hora antes. Me habían llamado el presidente y el administrador. También parecía que el echar la boca a los demás, por retrasarse con la comunidad, le ponía. Pero hacía poco que me había pasado por la gestoría de la finca, a liquidar cuentas, y me había fijado que quien no estaba al día con la derrama, era él.
La cosa pasó de castaño oscuro cuando se puso a tirar a hierro, no solo contra nosotros, sino contra su propio equipo. ¡Un asqueroso!. Más tarde me contó un vecino que el mal bicho había sido miembro de la Federación de Petanca, pero que allí habían acabado a tiros. Cuando vi que volvía a hacerme la pirula del boliche me puse negro. Sin darme cuenta lo tenía cogido del cuello y casi le estampo el bolo de metal en la cabeza. Menos mal que los colegas están para las duras y las blandas. Dejamos la partida y nos metimos en el bar a calmar los ánimos.
Estaba dispuesto a olvidarme del asunto, pero resulta que el nota me ha denunciado por agresión e intento de asesinato. En el bloque todo el mundo está al corriente y si nunca había sido popular, ahora menos. Aunque en el fondo, me da pena su mujer, no parece mala gente y lleva siempre una carita…
Lo que no sabe este hijo de mala madre es que en la petanca me la dió con queso, pero que aquí se acabó de hacer el panoli. Voy a presentar de testigo a los colegas e incluso a un miembro de la Federación de Petanca al que en su momento, llevó por la calle de la amargura. Tengo además en reserva a un compañero suyo de trabajo ya jubilado y a una exnovia. Se va a enterar. De propina, le he puesto varias denuncias de distinta índole. Algunas no son exactamente verdad pero el sobrino del Javi es abogado. Es un crack como su tío y Lo he visto, como quien dice, echar los dientes. Me hace un mocho con los honorarios. Por si fuera poco, estoy dando la murga para que chinche inmediatamente la derrama. Esta vez el que está dispuesto a tirar a hierro y quitarle del boliche, soy yo. A ratos, pensar que puedo llegar a ser un pedazo de cabrón como él me echa para atrás, pero luego voy a tirar la basura, miro el cubo y se me pasa.
BOLAS